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Cultura como herramienta transformadora

En la siguiente mesa se pone el foco en la capacidad del arte y la cultura para cambiar miradas, acompañar procesos de reparación y cuestionar las estructuras que sostienen la violencia machista.

Moderada por Anabel Calero, directora de Comunicación de la Diputación de Córdoba, reunió a Raquel Jurado y María Dolores Puerta, de la Escuela Superior de Arte Dramático (ESAD) de Córdoba; Almudena Castillejo, artista plástica y muralista, fundadora del colectivo Algazara; Lasyra, rapera cordobesa e integrante de Dreadsistance; María Jesús Garcés, gestora cultural, artista plástica y miembro del colectivo Orilla; Graciela, participante del taller Cerrando el círculo y superviviente de violencia machista.

A través del teatro, la ilustración, el mural, el rap, la poesía y el bordado, la mesa mostró cómo la cultura puede ser una herramienta concreta para la prevención, la toma de conciencia y el empoderamiento.

El teatro como escuela de igualdad

Desde la ESAD de Córdoba, Raquel y Mariló compartieron una trayectoria de 18 años de trabajo en igualdad y coeducación, reconocida con el Premio Igualdad 2024 de la Diputación. En un centro pequeño, con un 80 % de alumnado femenino y grupos reducidos, la cercanía convierte las aulas en espacios de confianza donde las violencias se nombran y se trabajan.

Explicaron cómo el Plan de Igualdad ha ido impregnando la vida del centro:

  • creación de un grupo LGTBI y de identidad de género,
  • revisión del lenguaje inclusivo en documentos y guías docentes,
  • incorporación de referentes femeninos en las asignaturas,
  • asignaturas y proyectos de teatro social, performance y teatro programático,
  • trabajos fin de grado que abordan de forma directa las violencias de género.

Mariló subrayó la importancia de dotar al alumnado de herramientas de pensamiento crítico en un contexto mediático saturado de estereotipos:

«Si no producimos impacto, lo que hacemos no tiene sentido. Nos preocupa la falta de hondura y la mediocridad de muchos panoramas artísticos».

Para ambas, el teatro es «una de las mejores herramientas para mover y remover conciencias» porque combina cuerpo, emoción, palabra y presencia.

De marinera a capitana: cuando el arte se alza en armas

Almudena Castillejo se presentó con una frase que condensaba toda la mesa:

«Soy mujer, soy artista y soy víctima».

Sobrevivió a una agresión que cambió su vida y dejó secuelas físicas irreversibles. Desde ahí nació el proyecto Sirena, que la ha acompañado durante años en distintos formatos expositivos y de arte urbano.

Primero, con “Sirena en lata”, empezó a dibujar y a escribir para hacer visible «todas las subyugaciones que pesan sobre las mujeres por el simple hecho de serlo». Más tarde llegó “Yo no soy marinera, soy capitana”, un grito de decisión y autonomía:

«Mis armas son mis manos, mi dibujo y mi sentir. De marinera pasé a capitana».

Consciente de que su trabajo no podía quedarse en espacios elitistas, llevó el proyecto a la calle a través del arte urbano, buscando que sus imágenes pudieran entenderse «en Pekín, en Montemayor o en la Fuensanta».

Relató también cómo cambia la mirada según la edad: ante una ilustración de sirenas con cuerpos y pieles diversas, las criaturas solo veían «sirenas», mientras que las personas adultas proyectaban prejuicios sobre el cuerpo. Esa diferencia mostró hasta qué punto la educación patriarcal moldea la percepción.

Música que educa, lucha y nombra

Para La Sira, la música es una herramienta transformadora porque «está en todas partes y nos acompaña todo el tiempo». Sus letras, nacidas de la escritura a los 10 años y volcadas en el rap desde 2005, hablan de lo que vive y sufre «como mujer y como joven».

Defendió la capacidad de la música para educar, concienciar y sostener luchas colectivas, pero señaló un problema persistente:

«El problema no es que no haya mujeres, es la falta de visibilidad».

Recordó que existen festivales con carteles solo de mujeres como gesto puntual, pero la inclusión real sigue siendo excepcional en los grandes escenarios. Para ella, no se trata de cuotas sin más, sino de buscar, escuchar y programar a las artistas que ya están trabajando con rigor y compromiso, también en Córdoba.

Cerrar el círculo: bordar las heridas, compartir la fuerza

Desde el colectivo Orilla, María Jesús Garcés presentó la pieza “Cerrando el círculo”, creada por un grupo de mujeres a partir del número pi y la metáfora del círculo. Cada participante eligió una secuencia de dígitos, la tradujo en 20 palabras y, con ellas, escribió su propio poema. Después, los textos se bordaron de forma colectiva.

El proceso se inspiró en la filosofía japonesa del kintsugi, que repara los objetos rotos con oro:

«No se ocultan las heridas ni las roturas. Se reconstruyen y así adquieren más valor».

El círculo del dolor y la invisibilidad se transforma así en un círculo de esperanza, visibilidad y vínculos de apoyo mutuo, donde cada puntada es un gesto de reparación y cada verso una afirmación de existencia.

El cierre de la mesa llegó de la mano de Graciela, participante del taller y solicitante de protección internacional por violencia de género en Perú. Compartió la dureza de dejar atrás país, trabajo, amistades y familia para poner a salvo su vida y la de sus hijos, y cómo en ese camino ha descubierto una idea clave:

«Si yo no estoy bien, no estoy bien para nadie».

Confesó que nunca imaginó poder escribir un poema, pero el método de pi le permitió crear tres y, con ellos, narrar su propio proceso de cambio:

«Ver en cada sesión cómo iba entendiéndome y sanando heridas ha sido muy bonito. Ahora me siento fuerte, empoderada y en versión mejorada».

Esta mesa confirmó una intuición central de Inspira: la cultura no es un adorno, es una herramienta de supervivencia y de cambio social. En el teatro, en los muros, en la música y en los bordados, las mujeres que participaron mostraron cómo el arte puede acompañar la salida de la violencia, sostener nuevas redes y abrir caminos para quienes aún están buscando la fuerza para dar el paso.